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Sexos y edades: juventud y vejez

La semana pasada iniciábamos el estudio del desarrollo sexual en el ser humano desde su más tierna infancia hasta su senectud y nos centrábamos en aquella primera etapa. Descubrimos que la diferenciación sexual se realizaba tempranamente ya en el feto y que ser niño o niña marcaba, tras el nacimiento, pautas de comportamiento, catálogo de virtudes e, incluso, patrones de aspecto indumentario muy concretos dentro de las sociedades occidentales y de sus respectivas culturas. Observábamos que el placer se erigía en esta etapa como el motivo principal de la conducta sexual humana y, al repasar las fases psicoanalíticas del desarrollo sexual infantil, describimos con detalle sus componentes fisiológicos. Por último, nos adentrábamos en el drama que suponía para todo niño y niña que su ingenua y cándida manifestación de búsqueda de placer sexual, en sí mismos o en otros, fuese sistemáticamente castigada con severidad por parte tanto de progenitores y familiares como de tutores sociales.

En el texto de hoy nos vamos a centrar en la pubertad y en la ancianidad, dejando de lado la sexualidad adulta para desarrollos literarios posteriores, dada su extrema complicación. Tan sólo apuntar que la edad adulta es la etapa donde los complejos psíquicos ya se han instalado en la mente de las personas y que los mismos serán arrastrados por lo general hasta la propia muerte de los individuos sin que mucho pueda hacerse por desarraigarlos. Aunque mi colega Cristina Pastor Arenillas podría explicarnos mejor el origen de dichos complejos diré que éstos se han ido configurando a través de la representación imaginativa de cada una de las personas con respecto a su propia apariencia física y de carácter durante la infancia y la pubertad, y que los mismos se manifestarán en toda su crudeza a través de la conducta sexual adulta. Pero, abandonemos esto ahora y continuemos, pues, con las siguientes etapas.

Juventud

Al alcanzar la pubertad los chicos comienzan a sentir fuertes impulsos eróticos hacia personas del sexo contrario o de su propio sexo. Las chicas también los notan, pero mientras en los muchachos los impulsos son de componente más fisiológico que psicológico (pues se ven impelidos a masturbarse por erecciones fálicas previas y casi espontáneas), en ellas se impone más el elemento psíquico que el físico (su “deseo” se ve proyectado más hacia un objeto externo que hacia otro interno a ellas mismas).

El desarrollo completo de los órganos genitales, que conlleva la primera menstruación en las mujeres y la espermatogénesis en los varones, coincide con el desarrollo de los caracteres secundarios, con lo que el individuo quedará plenamente formado y apto tanto para la sexualidad como para la reproducción.

Pero los adolescentes se sienten sumidos en un mar de dudas e indecisiones, muchas de ellas relacionadas precisamente con el sexo: se saben aptos para él, pero sienten miedo a establecer su primera relación. Deberán descubrir la diferencia entre amor, afecto, ternura y biología sexual y, en definitiva, tendrán que descubrir su propio papel sexual en el entorno social más inmediato.

Los “enamoramientos” en esta etapa, no por fugaces, son menos inevitables. En consecuencia, tal vez convendría que quienes son de la opinión de que los jóvenes tienen derecho a una sexualidad plena les orientaran sobre la manera de desarrollarla sin el temor a consecuencias no deseadas.

En este sentido, la sociedad occidental ha avanzado bastante en cuanto al tema de la prevención del embarazo; de manera que, la práctica totalidad de los centros de atención sanitaria de carácter público cuentan hoy por hoy con algún servicio de planificación familiar en los que se ofrece tanto un servicio ginecológico adecuado como abundante información sobre métodos anticonceptivos.

Sin embargo, sigue fallando la educación sexual en la familia y la enseñanza sexual en el instituto. Es más, debería plantearse la conveniencia de la prestación psicológica de atención sexual tanto en los citados centros de planificación familiar como en los mismos centros educativos; prestación psicológica de atención sexual que orientase acerca de los posibles juegos eróticos no coitales que pueden llevarse a cabo en una pareja (la sexualidad no tiene por qué satisfacerse siempre mediante el coito), y, sobre todo, que aportase grandes dosis de seriedad en el tratamiento del problema de los componentes afectivos en la relación sexual. En este sentido, nuestra experta en didáctica, Noemi Pamblanco Esteve, lleva a cabo un estudio pionero sobre modelos de aprendizaje sexual en la adolescencia que esperamos vea la luz en un futuro no muy lejano.

Vejez

Pero los prejuicios no afectan solamente a niños y adolescentes. En muchos ambientes predomina la idea de que la capacidad sexual se desgasta con el paso de los años. Y no es cierto.

En el caso de la mujer, la menopausia debe ser considerada simplemente como el fin de la capacidad reproductora, pero no de la sexual. Más aún, algunas mujeres empiezan a disfrutar realmente de su sexualidad cuando se ven libres del riesgo de embarazo. Tras la menopausia se produce una atrofia en la mucosa vaginal, y una disminución de la lubricación de este órgano que en algunos casos puede motivar coitos dolorosos, pero tanto la capacidad orgásmica de la mujer como su apetencia sexual no tienen por qué experimentar ninguna variación. Con respecto a la falta de lubricación vaginal, en la actualidad, se han comercializado diferentes productos farmacéuticos bastante eficaces; tales como, cremas y comprimidos. No obstante, el suministro de estrógenos (hormonas sexuales esteroideas) debe estar siempre vigilado por el médico, dado el riesgo potencial que entraña.

En el caso del varón, la espermatogénesis disminuye algo a partir de los cincuenta años (lo que algunos han dado en llamar, de forma análoga a la menopausia, como andropausia), pero no desaparece del todo, como lo demuestran los casos de paternidad en individuos de edad muy avanzada. En cuanto al impulso y la potencia sexuales, también se ven afectados por la edad, pero no de tal forma que impida la consumación de actos sexuales. En este sentido, no es en absoluto recomendable la toma de citrato de sildenafilo (producto farmacéutico conocido comercialmente como Viagra) si no es a causa de la disfunción eréctil y de la hipertensión pulmonar arterial, puesto que los efectos secundarios pueden ser graves.

La edad puede afectar -y perturba de hecho- al impulso y a la potencia sexual; pero, muchas veces, la posible disminución de ambas debería verse compensada -y se ve subsanada de hecho- por la riqueza de la experiencia personal acumulada.

Conclusiones

La “filosofía popular” ha augurado a las personas una vida sexual más larga si se “moderan” durante la juventud. Como tantas otras “recetas caseras”, esta afirmación carece absolutamente de base científica. Por el contrario, los últimos estudios sexológicos parecen demostrar que una práctica sexual continua y equilibrada durante la edad fértil es la mejor manera de garantizar, precisamente, la capacidad de respuesta sexual durante la madurez. De cualquier forma, la mejor receta sexual (mejor incluso que la solución farmacológica) sigue siendo la sugestión: el propio auto convencimiento en la capacidad de respuesta sexual. Envejecer con el temor de que la actividad sexual ha de declinar inevitablemente con la edad es suficiente para que realmente ocurra así.



Leer completo en El Seis Doble

Tema(s): Sexo de Mayores

Publicado el: 12/05/2011


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