El primer polvo y sus desventuras ¿Quién de ustedes ha olvidado su primer polvo? Con seguridad, ninguno. No es para menos, si se tiene en cuenta que la primera encamada es la reina de las primeras veces. Son vívidos los detalles de mi nacer en estas lides. Y digo "detalles", porque hoy tengo la plena consciencia de que fue solo un 'polvito'. Así, en diminutivo. Lo bueno es que no hubo ataduras ni rollos mentales de relaciones duraderas. No como mis abuelas, para quienes sí pesaba el cuento de las relaciones y el amor.
No se puede perder de vista que hoy la gente salta de la cuna a la cama doble con una pasmosa facilidad, y es claro que en esos primeros encuentros hay de todo: tal vez ternura, tal vez cariño. Pero pocos pueden hablar de amor e incluso de placer.
En esa ocasión irrepetible los nervios, la incertidumbre, la ignorancia y hasta el pudor confabulan para que el encuentro no pase de ser sino la primera vez. Y eso ocurre, incluso si el otro tiene más experiencia. Con el pánico y la torpeza de uno, basta y sobra.
Aunque no falta el que cree que uno nace aprendido, como los conejos y los bonobos, no hay tal. El aquello (el buen aquello) se aprende con la experiencia y con algo de teoría.
Nadie nos prepara
Lo curioso es que para algo tan natural y cotidiano nadie educa, nadie forma. O que me muestren la primera escuela donde, a la par de la ilustración sobre los aparatos sexuales, el uso de los anticonceptivos y la responsabilidad a la hora del sexo, existan módulos prácticos como "Conócete I", "Introducción a la estimulación" y "Caricias: de la teoría a la práctica". Sería lo ideal, pero no... Somos tan mojigatos que de eso ni se habla.
Y todavía nos aterramos de que los adolescentes -a los que les pueden las hormonas- se lancen a las fauces del primer polvo sin el mínimo equipaje. ¡Qué horror!
De eso queda el recuerdo, que por eso no siempre es grato. Cuánto me hubiera gustado tener una primera vez con más ganas y menos temores, porque para las mujeres la pérdida de la icónica virginidad sigue siendo un referente personal importante. Eso es innegable. Recuerdo que no sabía si me faltaba o me sobraba ropa y no tenía ni idea sobre aspectos administrativos del asunto, como los tiempos y movimientos; además, era precaria en acústica, para identificar sonidos; nula en hidráulica, para manejar fluidos, y era francamente bisoña en mecánica corporal. Lo peor es que mi contraparte estaba más encartado que yo...
Confieso que nos mentimos y calificamos ese primer polvo como decoroso, pero la experiencia fue suficiente para que, por un largo tiempo, lo pensara dos veces antes de repetirla. Hoy la disfruto, pero no puedo evitar pensar que mi historia se repite en esas cada vez más jóvenes edades en las que la humanidad se inicia en el catre. ¡Ojalá fuera distinto! Hasta luego.
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