El pecaminoso encanto del motel ¿Habrá algo más estimulante que el pecaminoso ambiente de los moteles?
Creo que no: si fuera lo contrario, no los encontraría buenos, regulares o malos, en cuanta esquina del globo.
Entendible, claro que sí, que por lo que significan nadie los quiera al pie de un colegio o en las calles de un barrio de ambiente familiar, pero lo que nadie puede negar es que están tan incorporados a la vida cotidiana, como los mismos polvos que pretenden encubrir.
¿Qué sería, sin ellos, de la vida sexual de tantos hijos de familia, que no pueden darse el lujo de llevar a sus parejas a casa de sus papás, como no sea para hacer visita de sala?
Los amantes, que son el motor de estos prósperos lugares, son quienes más agradecen su disponibilidad. Yo me cuento entre ellos, y no porque me pase la vida haciendo levantes, sino porque a mi pareja y a mí nos gustan.
De vez en cuando, y para cambiar de escenario, uno extiende al otro la perversa invitación de escaparnos a uno de estos sitios, cuyo solo nombre evoca una faena bajo las sábanas: La Puerta del Cielo, El Edén, Arena Caliente, Afrodita, El Refugio... ¡Qué delicia!
Funcionan como un conjuro contra la rutina del sexo casero, que no pocos rehúyen con dolores de cabeza inventados o el clásico "estoy tan cansado".
Con el motel ocurre lo contrario: aunque todo el mundo sabe a qué va, con las ganas también hay un poco de emoción que estimula.
Dejémonos de bobadas: los espejos en el techo, el televisor puesto en el canal para adultos, las luces bajas, los cuadros con desnudos estratégicamente ubicados en las paredes y hasta uno que otro gemido que se cuela por debajo de las puertas son capaces de borrar cualquier ánimo apático. ¿Qué tal los baños de burbujas, la pista de baile y esos aditamentos que, aunque casi nunca se usan, ponen a volar la imaginación?
Es innegable que gustan, aunque muchos se desgasten en decir que no, en declararse fóbicos de estos lugares y en desviar discretamente la mirada cada vez que pasan junto a alguno de ellos.
Sin duda, son sitios hechos, acondicionados y adornados para el amor, a veces en exceso, pues más que luces, para el aquello lo que se necesitan son ganas. Qué bueno que existan. ¡Hasta luego!
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