El falso orgasmo femenino Afortunadamente hoy en día, a muchos hombres les preocupa que sus compañeras disfruten en sus encuentros íntimos, señal de que parte del propio placer se suscita viendo cómo el otro también goza. En ocasiones, más de uno empieza a cruzar la frontera del interés para pasarse a la obsesión por saber si ella realmente ha alcanzado el clímax. Y lo cierto es que hay un porcentaje de mujeres que fingen orgasmos durante sus relaciones sexuales, sin que ellos se percaten de nada aparentemente.
Hay casos en los que ellas además se jactan de su actuación en la cama delante de sus amistades, e incluso de sus parejas, criticando la insensibilidad y el egocéntricos del que no sabe distinguir el placer real del falso. Cuando él se entera, se siente profundamente engañado y ridiculizado, sintiéndose inferior y poco atractivo para su pareja, etc, lo cual redunda en discusiones sobre la calidad de las relaciones sexuales, genera desconfianza en los siguientes contactos, y a veces aumenta la probabilidad de que aparezcan problemas como dificultad para la erección, resultado de la ansiedad suscitada ante la expectativa de que ella vuelva a fingir. No obstante, lo más común es que las mujeres que lo hacen habitualmente no lo confiesen, ni acudan a un especialista de la sexología, lo que contribuye a que se mantenga el conflicto durante años.
Entre las razones que hay detrás de estas conductas femeninas podemos escuchar:
Lo primero que argumentan es que no quieren herir los sentimientos de su compañero, que llegue a pensar que no es tan buen amante, que no le genera deseo o que las relaciones sexuales con él se han convertido en monótonas y aburridas. Luego fingen para evitar una pelea o enfrentamiento.
Otro motivo lo dan las mujeres que sufren de anorgasmia (dificultad para llegar al orgasmo) o dispareunia (dolor en el coito), quienes no disponen de otros medios más sanos para afrontar sus problemas, o no encuentran en la pareja la comprensión y el apoyo necesario. Así, acaban optando por “hacer como si no pasara nada” con el fin de “correr un tupido velo”. Esto no sólo no les ayuda a superar sus obstáculos, sino que además pueden llegar a desarrollar una fobia al sexo (aversión sexual).
También falsifican el clímax cuando acceden a tener sexo sin desearlo, o cuando anticipan que no va a resultar placentero, porque no se está en las condiciones físicas más favorables (beber en exceso, resfriado, cansancio, etc.). Su lema bajo estas circunstancias es “cuanto antes acabemos, mejor”.
Después de años fingiendo, muchas se encuentran atrapadas en su propia mentira, incapaces de destapar el montaje, porque eso supondría confesar que desde hace tiempo la estimulación de su compañero le es insuficiente o desagradable, por lo que al final como en un círculo vicioso mienten porque han estado mintiendo. Nunca encuentran el momento para sincerarse.
Pero, ¿qué consecuencias puede acarrear el fingir?. Entres las desventajas importantes que implica este comportamiento hay que señalar las siguientes:
Simular de forma continuada orgasmos es entrenarse en falsear emociones, fundamentar las relaciones íntimas de la pareja en la mentira, en algo que está desvirtuado.
Anula directamente la posibilidad de que ella exprese sus gustos y preferencias sexuales, y de igual forma que él los conozca. Es decir, priva al otro de que pueda mejorar como amante corrigiendo errores, al tiempo que se boicotea así misma, exponiéndose una y otra vez a la ardua tarea de tener que aparentar placer cuando en realidad siente aburrimiento, insatisfacción, y en ocasiones hasta molestias.
Responsabiliza al compañero directa y únicamente de su propio orgasmo, convirtiéndose ella misma en sujeto pasivo para pedir y expresar deseos, y para explorar su propio cuerpo en busca de los caminos que conducen al clímax para después enseñárselos a su acompañante en el viaje del sexo.
Por otra parte, no hay que confundir el fingir un orgasmo de forma evitativa y habitual, con una de las técnicas que se utilizan en sexología que se centran en reproducir de forma intencionada los síntomas de un orgasmo hasta llegar a sentirlos de manera real. Es decir, se fundamenta en el “haz para después sentir”. Es similar a la que se emplea en muchas depresiones leves, en las que se pide al paciente que salga y realice una actividad, aunque no le apetezca o se sienta motivado. Por ejemplo: come y ya te vendrá el apetito, sonríe aposta y acabarás riéndote naturalmente.
Pues bajo la misma idea, esta técnica sexológica propone hacer todas las conductas que normalmente van asociadas al momento del clímax como jadear, acelerar la respiración, cerrar los ojos, mover las caderas, etc., con el objetivo de que la parte racional del cerebro se inhiba y deje fluir a la emocional. Para que funcione, es importante no llevarla a la exageración, ni sobreactuar, tan sólo estar abierta a los sonidos, sensaciones corporales y permitirse expresar, aspectos todos ellos bastante diferentes a la frialdad consciente, planificada y mecánica de simular en la cama fuegos artificiales cuando se está en la nieve.
Algunas mujeres, e incluso algunos profesionales de la salud, se muestran más tolerantes con la idea de fingir orgasmos siempre que sea de manera circunstancial o puntual, aludiendo a que tampoco es necesario aguar la fiesta cuando el compañero se ha esforzado porque ella disfrute. Esta teoría de las mentiras piadosas que aboga por ocultar información a la gente cuando la cuestión no es relevante y se les puede hacer daño, es sumamente peligrosa, porque rápidamente pueden cruzarse los límites y hacer de ella un estilo de vida que se emplee para evitar conflictos por la puerta trasera, y decirles a los demás siempre lo que quieren oír.
En una pareja sana y estable, el diálogo honesto es indispensable. ¿De qué sirve hacerle creer al otro que los momentos de intimidad son explosivos si no lo son, de qué sirve construirse un mundo de apariencias que cada vez será más costoso de mantener?. Porque cuando se derrumbe, la factura por los servicios de deshonestidad prestados puede ser impagable.
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